El Salmo 39 es una meditación profundamente personal sobre la fugacidad de la vida humana. El hablante reflexiona sobre su propia mortalidad y la brevedad de su tiempo en la tierra. El salmista lucha con la tensión de ser tanto finito como eterno, y lucha con el peso de su propia pecaminosidad.
1Al Músico principal, á Jeduthún: Salmo de David. YO DIJE: Atenderé á mis caminos, Para no pecar con mi lengua: Guardaré mi boca con freno, En tanto que el impío fuere contra mí.
2Enmudecí con silencio, calléme aun respecto de lo bueno: Y excitóse mi dolor.
3Enardecióse mi corazón dentro de mí; Encendióse fuego en mi meditación, Y así proferí con mi lengua:
4Hazme saber, Jehová, mi fin, Y cuánta sea la medida de mis días; Sepa yo cuánto tengo de ser del mundo.
5He aquí diste á mis días término corto, Y mi edad es como nada delante de ti: Ciertamente es completa vanidad todo hombre que vive. (Selah.)
6Ciertamente en tinieblas anda el hombre; Ciertamente en vano se inquieta: Junta, y no sabe quién lo allegará.
7Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza en ti está.
8Líbrame de todas mis rebeliones; No me pongas por escarnio del insensato.